Un instrumento de acción comunitaria (sobre Tomás Espina en el Museo Spilimbergo, Unquillo))

Por Claudio Iglesias para Perfil (10 de enero de 2010)

Desde mediados de diciembre, una pequeña conmoción cultural sacude las tardes tranquilas de Unquillo, da que hablar a los muchachos que se encuentran por el centro, invade sus cuentas de mail y sus perfiles de Facebook. Tomás Espina se instaló  en el pueblo ubicado al norte de la ciudad de Córdoba, en el que vivió durante su adolescencia, con la consigna ambiciosa y simple de retratar a sus habitantes. En la semana del 14 al 18 del mes pasado, el artista hizo base en el Museo Spilimbergo; allí esperó a quienes iban a retratarse en dibujos a la carbonilla realizados a mano alzada, y también incursionó en la escena local de bares, fondas, canchas de bochas y distintos despachos de bebidas, acompañado por el artista e investigador Syd Krochmalny, que documentó la experiencia en un video presentado en la muestra junto a los dibujos.

Luego de ganar el premio arteBA – Petrobras 2009, realizar una exposición individual en Santiago de Chile y participar de muestras como la Bienal del Mercosur y la feria PINTA (Nueva York), Espina recibió la invitación, de parte de sus conocidos en el Museo Spilimbergo, de hacer una muestra en su “ciudad nativa de adopción”: Espina vivió en Unquillo entre los 15 y los 22 años, tras una infancia muy viajada que lo llevó por México, Mozambique y Chile antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires a estudiar arte en 1997. La decisión de hacer un trabajo específico con la gente del lugar, en lugar de transportar obras realizadas para otros contextos, respondió no sólo a los vínculos afectivos con los unquillenses, sino también a una necesidad de tender lazos con los contextos locales, y a un sentido casi populista de la militancia artística: la idea de que la cultura contemporánea comienza a ser interesante cuando los artistas asumen la tarea de ir a buscar (y, eventualmente, crear) su propio público. Ningún medio de difusión estuvo de más, ni siquiera una publicidad en altoparlante leída por un locutor de la zona que puso a todo el pueblo sobre aviso de la muestra.  Es por eso que lo que hubiera podido ser un museo vacío en una localidad de quince mil habitantes con una típica muestra de verano se transformó en un centro de confluencia y participación pública: el círculo de interesados en los retratos comenzó a ensancharse a medida que unos y otros pasaban por el bloc de dibujos de Espina: las parejas, los grupos de amigos y los parroquianos de los bares vieron que el proyecto se trataba de ellos mismos. El mismo día que abrió la muestra (el 18 de diciembre, recordado por una torrentosa lluvia que puso fin a la crítica situación de falta de agua en la zona), Espina siguió haciendo dibujos de los personajes más emblemáticos del pueblo, y en los días siguientes vio cómo la gente comenzaba a mandarse los retratos por celular.

Como una red social, el proyecto tomó vida propia, y los retratos se convirtieron en un instrumento de  acción comunitaria cuando la gente del lugar se apropió de ellos. La posibilidad de reconocerse, compararse y (virtud inevitable de los retratos) burlarse de uno mismo y los demás fue uno de los puntos fuertes del éxito local de la muestra, reforzado por el video del Krochmalny (que a su manera también retrata al pueblo, además de documentar toda experiencia). De ahí que Retratos sociales pueda ser una prueba fehaciente del modo en que las problemáticas globales del arte contemporáneo se anudan con coordenadas particulares, coyunturas sociales y tradiciones populares capaces de ampliar el círculo posible de espectadores, poniendo en práctica un método para que todo un pueblo se involucre en una obra y logrando que las imágenes que cuelgan de las paredes de un museo puedan ser, también, las que aparecen en el celular.