Piezas por encargo para una curaduría sin ideas (Sobre Menos tiempo que lugar, Palais de Glace, con curaduría de Alfons Hug)

Por Claudio Iglesias para Perfil (11 de abril de 2010)

Sincronizado con el Bicentenario, el Palais de Glace presenta hasta fines de abril la muestra Menos tiempo que lugar, parte del proyecto El arte de la independencia: ecos contemporáneos producido por los Goethe-Institut de diversas ciudades de Latinoamérica y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania. Con curaduría de Alfons Hug, la muestra que abre sus puertas en Buenos Aires (y que seguirá una itinerancia por Santiago, Montevideo, Medellín y Berlín) se compone de trabajos realizados por encargo por diecisiete artistas, entre latinoamericanos y alemanes, que toman como punto de partida la independencia. El montaje de las obras se hace eco de la elegante arquitectura de la antigua pista de patinaje sobre hielo (de ahí su nombre: Palais de Glace) inaugurada en 1910, símbolo ella misma del Centenario. El mejor ejemplo es la instalación del colombiano Juan Fernando Herrán: un conjunto de escaleras de madera que conecta con la planta alta y conduce la mirada directamente a la bóveda del edificio. La pieza yuxtapone íconos conflictivos relacionados con la historia cultural de Latinoamérica: por un lado, el sistema constructivo surge de la técnica de las escaleras improvisadas en el entorno periurbano de Medellín; por otro, la laberíntica pieza, con su estampa de torre de Babel, parece la encarnación del torturado y sinuoso camino que recorrió la modernidad en América Latina, marcado por el sincretismo y el imperio de las circunstancias. Mezcla de utopía modernista e informalidad vernácula, la escalera parece una alegoría del curso improvisado y azaroso que tomaron los proyectos políticos que vieron la luz en las primeras décadas del siglo XIX, experiencias que fueron leídas como el patrón recurrente de toda una serie de procesos de emancipación política, cultural y económica, siempre transidos de entusiasmo y amenazados por la frustración. Otro de los trabajos que cuenta con un cierto despliegue espacial es el del alemán Olaf Holzapfel. Holzapfel trabajó en colaboración con la etnia wichi del Chaco para construir una morada temporaria de “chaguar”, una fibra natural obtenida de plantas silvestres. Por fuera de una mención fantasiosa al bajo impacto ambiental de este tipo de construcciones, no hay nada en la obra que problematice la relación que un artista profesional europeo puede tener con una comunidad vulnerable del Chaco, situada en el centro de graves problemas de vivienda, salud y medioambiente. Más bien, este tipo de obras recuerda el tono de la Lonely Planet, la guía turística que enseña a los estudiantes del primer mundo a divertirse en Latinoamérica, como un observador participante que siempre puede encontrarles el lado bueno a los problemas a condición de que sean ajenos. “Tres siglos ha que empezaron las barbaridades que los españoles cometieron en el grande hemisferio de Colón”. Con estas palabras de la Carta de Jamaica (documento que Simón Bolívar escribió ya exiliado, en Kingston, en 1815) comienza el video Dictados de Leticia El Halli Obeid, la artista que representa a la Argentina y cuyo trabajo forma parte de un puñado de videos que pueden verse (no escucharse, por una extraña decisión curatorial) en la planta alta del edificio. El video narra el viaje en tren desde la estación de Retiro hasta Zárate, trayecto durante el cual la artista copió a mano fragmentos significativos del texto bolivariano. En la edición, muchos de estos fragmentos se sobreimprimen a la toma, formando un montaje de texto e imagen. La obra surge de la confluencia entre una vocación materialista, sensible al contexto social del conurbano, y un dominio imaginario habitado por voces, recuerdos y símbolos que, en la transcripción del texto de Bolívar, se vuelven propios. La palabra “dictados” sugiere algo que baja en la escritura (como la actividad de un médium), con connotaciones evocatorias tanto como didácticas. En un trabajo anterior, B., Obeid aplicó un principio similar al Libro de los pasajes de Walter Benjamin: imágenes de los pasajes parisinos alternaban, en esa pieza, con fragmentos del libro y anotaciones de la autora. En Dictados, el procedimiento forma una imagen alegórica, entre el proyecto utópico que encarna la escritura de Bolívar y el texto urbano y social que puede verse a partir de una ventanilla del Ferrocarril Mitre. Leer, viajar y reescribir se convierten así en sinónimos. Yendo de Buenos Aires a Zárate, Obeid recorre a contrapelo el movimiento del campo a la ciudad característico de la modernización. Así como el texto de Bolívar comienza muy retórico y civilizado para ir volviéndose angustiante en su diagnóstico de la sociedad latinoamericana, Dictados se adentra progresivamente en un clima social denso, a medida que el tren abandona los barrios coquetos de Capital Federal y el conurbano. Aparecen entonces innumerables asentamientos y paisajes ruinosos que alternan con countries y barrios cerrados. El problema de la fragmentación social extrema establece un diálogo con el texto de Bolívar, que habla de la desunión de Latinoamérica como principal factor de atraso. Sus palabras desesperadas se pierden en el alucinatorio efecto del follaje cercano a las vías cuando el tren toma velocidad, una imagen fundante de la cinematografía que la cámara de Obeid redescubre con la sorpresa y el entusiasmo de los niños. Siendo que la muestra se inscribe en un proyecto mayor motivado en Bicentenario, vale la pena preguntarse si las elecciones y premisas conceptuales del equipo curatorial nos ponen en la dirección adecuada. En este sentido, Menos tiempo que lugar es una muestra muy poco emancipatoria: en su mirada sobre Latinoamérica hay demasiado pintoresquismo, y por otro lado abundan las referencias inexplicables la cultura alemana, a veces hasta rozar la mitomanía (como ocurre con la “amistad” entre Bolívar y Humboldt, que en verdad ni siquiera llegaron a encontrarse alguna vez). La insistencia en el protagonismo de la cultura alemana en una muestra cuyo tema debe ser la independencia latinoamericana no es, sin embargo, un signo de hegemonía cultural, y más bien recuerda aquellas ediciones españolas de textos filosóficos alemanes, que les encuentran una profunda deuda con el pensamiento ibérico a autores como Leibniz o Kant. Hay que recordar que hace unos años el Goethe-Institut produjo Ex Argentina, cuyos curadores (Alice Creischer y Andreas Siekmann, dos artistas) desarrollaron una compleja tesis sobre el rol de la crisis argentina en el neoliberalismo global; pero lo hicieron a la par de los artistas convocados, y en aras de sus propios proyectos. El catálogo, hasta hoy, es ineludible en lo que hace a las corrientes de arte y activismo que proliferaron desde fines de los noventa. Menos tiempo que lugar, en cambio, consta de un conjunto de piezas realizadas por encargo para una curaduría que casi no se permite trascender los lenguajes standard de la fotografía y el video. La muestra es curatorial hasta la médula, pero carece de una hipótesis, una idea o conflicto de fondo. Quizás es hora de que las instituciones culturales (y máxime las que se encuadran en una agenda bilateral específica) conciban su rol de otra manera. De lo contrario, seguiremos viendo artistas europeos que se maravillan con los tejidos aborígenes y artistas locales que sólo pueden mirarlos con consternación, en proyectos que se dicen motivados en el intercambio, pero cuyo factor común suele ser la incomprensión.

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