Fantasmas de la calle Florida
Por Claudio Iglesias para Perfil (2 de mayo de 2010)
Contra la impermeabilidad del “hipopotámico público”, contra el “recetario aficionado al anacronismo y el mimetismo”, contra “la funeraria solemnidad del historiador y del catedrático, que momifica cuanto toca”: con estas expresiones iconoclastas comienza el “Manifiesto” publicado el 15 de mayo de 1924 en Martín Fierro, periódico “de arte y crítica libre” fundado ese mismo año por Evar Méndez, que no tardaría en convertirse en el nodo más importante de las vanguardias artísticas y literarias en el Río de La Plata. Por sus páginas pasaron J.L. Borges y Oliverio Girondo, Norah Lange y Marechal. Martín Fierro fue, además, el house organ de una renovación en la crítica de arte: en la revista se reseñaban y reproducían obras de los artistas locales más relevantes del momento, como Xul Solar, Alfredo Guttero, Raquel Forner y Emilio Pettoruti, junto a figuras y movimientos internacionales como Picasso, el surrealismo y la nueva arquitectura. La muestra El periódico Martín Fierro en las artes y en las letras, 1924-1927 que actualmente puede visitarse en el Museo Nacional de Bellas Artes reconstruye ese clima explosivo en el cual la crítica (ejercida con mano de hierro por Alberto Prebisch y por la francesa Marcelle Anclair, entre otros) tuvo un rol clave para la diseminación de los distintos ismos que dieron forma a la modernidad en el Atlántico Sur.
Haciendo un uso enfático y algo coqueto de la inagotable colección del museo, la muestra está estructurada a partir de un montaje que intercala textos críticos publicados en la revista con piezas de los artistas respectivamente criticados. Una ventaja de este dispositivo curatorial es que repone algo de la experiencia primaria asociada con la aparición de los lenguajes modernos, al poner el foco en las distintas obras y series (ceñidas, de algún modo, por la correspondiente sección documental). Entre ellas, algunos secretos muy bien guardados del acervo del MNBA, como los grabados y dibujos de Norah Borges, una buena selección de dibujos de Picasso, algún Modigliani y también piezas menos conocidas pero muy interesantes, como el autorretrato de Marie Laurencin y algunas témperas de Xul.
En palabras de Sergio Baur, curador de la muestra, “la propuesta busca establecer un diálogo de las artes plásticas y las letras con el periódico Martín Fierro, que entre 1924 y 1927, acompañó el desarrollo cultural de la joven vanguardia porteña, enmarcada en el Grupo de Florida”.
La historia empieza, más exactamente, en la Richmond de Florida y Lavalle, confitería en la cual Méndez y sus acólitos se reunían para darle forma al proyecto desde 1923. La calle dio nombre al grupo, y por eso el recorrido de la exhibición se inicia con un simpático extracto de La chica de la calle Florida, la película de José Agustín Ferreyra, y un poema de Pedro Herreros titulado justamente “Florida”, ambos de 1922.
En los distintos módulos de la exhibición se señalan problemáticas e influencias particulares: las revistas que funcionaron como modelo (Prisma y Proa, entre otras), la importancia de Apollinaire (no sólo como poeta, sino también como crítico y teórico de las principales vanguardias), el contacto con las escenas de avanzada en México, España, etc. Cosmopolitas a la vez que vernáculos, los martinfierristas adherían, más que a una estética, a un caldo de novedades en el que había lugar para la iconoclasia y el snobismo por igual.
El rechazo del nacionalismo intelectual y el elogio de una suerte de vida cultural off-shore (el término es de Nicolas Bourriaud) los llevaron a decir (en el citado manifiesto) que estaban “más a gusto en un transatlántico moderno que en un palacio renacentista”, una paráfrasis del conocido dictum futurista (“un automóvil es más bello que la Victoria de Samotracia”). Aun así, hay un contraste entre esta vocación de novedad a ultranza y las coyuntyra cultural de Buenos Aires (una ciudad muy provinciana, al decir de Marcel Duchamp), donde las condiciones de una vanguardia total estilo Dada no estaban presentes. Esto se refleja en una fuerte hibridación, al interior de la revista, entre poéticas muy dispares en tiempo y espacio, desde Gauguin y la escultura liberty, pasando por el cubismo y llegando al modernismo utópico de Le Corbusier, en lo que constituye un caso extraño de pluralismo vanguardista.
Entre las piezas que no forman parte de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, también hay algunas muy apreciables, como el Retrato de músico de Alfredo Guttero, en el que vemos a un parsimonioso caballero de traje gris, cabello engominado y zapatos de charol extendido en actitud algo expectante sobre un sofá de tapizado floral. Verdadero ícono de la vida urbana, el músico deja ver la deuda que muchos de los artistas ligados a Martín Fierro tenían con el arco de lenguajes y procedimientos propio de la generación inmediatamente anterior, los “primeros modernos” (Schiaffino, Della Valle, Sívori, Rodríguez Etchart y compañía) que una exhibición curada por Laura Malosetti-Costa destacó en 2006, y que puede leerse como la precuela de la muestra que actualmente ofrece el museo.
El módulo final corresponde a la cinematografía, un medio que resultó crucial en los debates del modernismo, del que Martín Fierro se hizo cargo tempranamente. En la selección realizada por Baur, Chaplin y Griffith conviven junto a Aelita, Reina de Marte (1924), de Yakov Protazanov. Una verdadera joya, Aelita es la primera película de ciencia ficción soviética; trata de un joven que viaja a Marte para dirigir un levantamiento popular contra el rey, con el apoyo de la reina Aelita, que se ha enamorado de él después de verlo a través de un telescopio.
Otro de los films elegidos es Nana (1926) de Jean Renoir, una suerte de versión de cámara de la novela de Émile Zola de 1880. La conocida historia de la actriz del Segundo Imperio nos pone en la pista de un elemento del cual la vanguardia rioplatense carecía. Pues Renoir, en ese film, fue capaz de ver el lado sórdido, oscuro y contradictorio de la modernidad: las calles sucias, las vidas arruinadas, los ataques de nervios y patetismo desprovistos de elegancia que tan bien captaron los escritores no alineados en Florida, como Elías Castelnuovo y Juan José de Soiza Reilly, que en este aspecto fueron mejores herederos de Baudelaire y Huysmans que sus rivales afrancesados de Recoleta. Si bien la curaduría no hace hincapié en este interesante aspecto, no deja de llamar la atención cómo los miembros de Martín Fierro fueron, en su mayoría, constitutivamente incapaces de abordar o incluso percibir una cantidad de cuestiones importantes: el declive cultural de Europa, el surgimiento de los nacionalismos, la urgencia de las cuestiones sociales, etc. De ahí que, por momentos, la muestra parece tomar el punto de vista de sus protagonistas y limitarse a las anécdotas de una vanguardia sin conflictos en la tierra fecunda del optimismo (recordemos que el arco de publicación de la revista es sincrónico con los años dorados de la presidencia de Alvear). Alcanza con pensar en lo que ocurriría desde 1930 en adelante para imaginar lo contradictorio de una vanguardia cultural cosmopolita en un paisaje social cargado de militarismo, conservadurismo hispanizante y odios de clase. De ahí que los rostros de esos muchachos de los años veinte que se paseaban bien trajeados por Florida nos muestren hoy en día, además de su energético orgullo modernizante, algo profundamente fantasmal.