Piojos, tarjetas y conceptualismo
Por Claudio Iglesias para Perfil (23 de mayo de 2010)
Si toda crisis redunda en una oportunidad, pocos temas parecen hoy más oportunos para una muestra de conceptualismo político que el del dinero, habida cuenta de la reciente escalada griega de la crisis financiera de 2008. En aquel momento, la foto de un empleado de Lehman Brothers mirando perdidamente desde la ventana de su oficina recorrió el mundo y dio pie a la proliferación de ejemplares de una nueva fauna urbana, oficinistas y brokers despedidos, yuppies en retirada con sus cajas de pertenencias a cuestas. Luego vinieron las postales de rascacielos abandonados en Chicago, de asentamientos a la vera de las principales ciudades de Estados Unidos, de gigantescos desarrollos inmobiliarios desiertos a lo ancho de España. La desesperación de los líderes políticos del mundo por salvar la industria del automóvil (la misma que arruina la calidad de vida en la mayor parte de las ciudades del mundo) se impuso entre otras tantas expresiones de fatiga de un sistema económico basado en el hiperconsumo y la sobreexposición crediticia, cuyos efectos van más allá de los números, y se ciernen sobre las percepciones sociales asociadas con el status y la riqueza.
Trampas, tarjetas, piojos y billetes, la muestra de Federico Zukerfeld y Rubén Santiago curada por Laura Spivak en el Centro Cultural de España en Buenos Aires, permite recorrer en varios sentidos este aspecto psicológico del dinero en la fase actual del capitalismo. Zukerfeld, conocido en el medio local por sus intervenciones políticas en el contexto del grupo Etcétera, viene desarrollando hace años un conjunto de acciones sobre el paisaje social del microcentro porteño, con su ecosistema estable de arbolitos, operadores bursátiles y cazafortunas. La vidriera sobre la calle Florida del CCEBA le vino de perlas para simular una casa de cambio y desarrollar un video con un actor que alterna entre los promotores que ofrecen prendas de cuero, espectáculos de tango, dólares y otras yerbas. Formado como titiritero y artista callejero, Zukerfeld incorpora al conceptualismo elementos farsescos que lo hacen oscilar entre Hans Haacke y la “bicicleta” con que un colega y tocayo suyo, Federico Peralta Ramos, se solía pavonear en el programa televisivo de Tato Bores. Carnavalescamente, Zukerfeld se pregunta qué ocurre si ponemos a un rico en el lugar de un pobre, mientras que el español Rubén Santiago atiende a aquellos factores que pueden circular entre uno y otro campo. Dos instalaciones a la manera de grillas, una de tarjetas de crédito encontradas y otra de piojos, funcionan como piezas complementarias. Las tarjetas están enmarcadas en un soporte negro, con algo de escultura conmemorativa. El posible episodio violento que da pie a la aparición de tarjetas en la calle, en palabras de la curadora, “revela el origen traumático de todo trasvase de capital no consensuado entre las partes implicadas”. Pero las tarjetas son también un signo del agigantamiento del consumo a crédito en la sociedad contemporánea, antiguos íconos de status que (como los viajes en avión y los teléfonos móviles) devinieron metonimia del estrés y la precarización. Los piojos, a su vez, son un signo de pobreza que supo llegar a las cabezas de las clases pudientes, símbolo de la movilidad social en sentido ascendente. El satirismo y la procacidad no le quitan a la muestra un ángulo de investigación consistente, la de ver qué ocurre si cuestionamos una de las ficciones principales del capitalismo: aquella de un objeto capaz de trocarse por todos los otros, epifenómeno de una organización económica que (de forma crecientemente desastrosa) pone la renta por sobre beneficio o, para decirlo en criollo, el carro delante del caballo.